El Síndrome de Jerusalén
el Muro es el lugar predilecto de tales individuos, en especial de los judíos.
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Anónimo Miércoles 11 de Junio del año 2008 / 21:14

El Síndrome de Jerusalén

Leah Abramowitz


  

 El Muro Occidental ("de los Lamentos") es uno de los sitios turísticos más visitados de Israel. A cualquier hora del día o de la noche, afluyen visitantes al Muro, a orar, a tomar fotos, a participar en una manifestación o en una ceremonia de jura de la bandera, a asistir a una bar-mitzvá*, o simplemente a absorber algo del ambiente histórico y espiritual del que está imbuido este lugar antiguo.
Entrada la noche, cuando la luz indirecta perfila cada rendija y cada junta de los inmensos sillares, cuando los sonidos de la noche se funden en la explanada, ciertos individuos se sienten atraídos a ese lugar, en busca de una experiencia sobrenatural. Para los sicólogos, éstos son los afectados del "síndrome de Jerusalén", que añaden una nota de color e interés a la escena nocturna del Monte del Templo. Entre ellos están los que se creen mesías, los inadaptados, los turbados, los espiritualmente implicados, que aparecen a altas horas de la noche. Quienes padecen del síndrome de Jerusalén están literalmente embriagados por la Ciudad Santa. Los deleita la atmósfera especial del Muro pasada la medianoche. Los embelesa el hálito místico que perciben allí de noche. Su psique se inflama con la santidad histórica en la que se sienten immersos a esa hora solitaria. Aunque otros sitios de Jerusalén también los atraen, el Muro es el lugar predilecto de tales individuos, en especial de los judíos.

El primero en identificar clínicamente el síndrome de Jerusalén fue el Dr. Yair Bar-El, ex director del hospital siquiátrico de Kfar Shaúl y actualmente siquiatra de distrito en el Ministerio de Salud. El Dr. Bar-El examinó a 470 turistas, declarados temporalmente dementes, que fueron atendidos en Kfar Shaúl entre 1979 y 1993, y extrajo de su estudio algunas conclusiones fascinantes. Kfar Shaúl es el lugar obvio para realizar tal estudio, ya que es el hospital siquiátrico encargado de atender a los turistas que manifiestan trastornos mentales. De los 470 visitantes del mundo entero que estuvieron internados allí, 66 por ciento eran judíos, 33 por ciento cristianos, y el 1 por ciento no tenía afiliación religiosa definida. El Dr. Bar-El subraya que no sólo los turistas exhiben el comportamiento característico del síndrome de Jerusalén; también los residentes pueden verse afectados de modo temporal o permanente.

Los períodos críticos para los visitantes "embriagados" por la ciudad son, lógicamente, los de festividades religiosas, como Navidad, las fiestas del Año Nuevo judío, la Semana Santa y la Pascua judía, o bien los meses de grandes calores de julio y agosto. El Dr. Bar-El divide a sus pacientes en dos grandes categorías: quienes tenían antecedentes siquiátricos (diagnosticados o no) y quienes carecían de ellos.

Los peregrinos-turistas examinados manifestaban pautas muy similares de deterioro mental. Los síntomas solían aparecer al día siguiente de su llegada a Jerusalén, cuando empezaban a sentir un nerviosismo o una ansiedad inexplicables. Si venían con un grupo o con familiares, sentían de pronto la necesidad de estar solos y se apartaban de los demás. Pronto comenzaban a realizar actos de purificación y abluciones, como baños y duchas, o inmersión en un baño ritual. A menudo cambiaban de ropa, con clara preferencia por las túnicas blancas, a fin de parecerse a personajes bíblicos, porque en su mayoría deseaban identificarse con alguna figura bíblica del Nuevo o del Antiguo Testamento: las mujeres siempre aspiraban a emular a un personaje femenino de la Biblia y los hombres, a un santo varón de la Escritura.

Este tipo de conducta no necesariamente lleva a ser internado en un hospital siquiátrico. De hecho, la mayoría de los afectados por el síndrome de Jerusalén no crean problema alguno y en el peor de los casos sólo son una causa de molestia o de irrisión. Algunos, no obstante, manifiestan trastornos graves, que exigen atención siquiátrica, cuando menos temporalmente. Un maestro danés, que había visitado la Ciudad Santa cinco veces en otros tantos años, sentía que ése era el único lugar donde podía comunicarse directamente con Jesús. Sin embargo, cuando se puso a conversar a gritos con la Virgen María, a quien veía sentada en el techo de la mezquita de Omar, la situación se deterioró. El altercado resultante con los guardas del Monte del Templo terminó con su hospitalización en Kfar Shaúl.

A veces, la víctima del síndrome de Jerusalén tiene, según el Dr. Bar-El, un propósito religioso definido, como aquel hombre de California, que vino a buscar una vaca bermeja para fines de purificación, según lo ordenado en Números, 19. Otros persiguen fines políticos, cual Dennis Rohan, un joven turista australiano cristiano, trastornado, que en 1974 incendió la mezquita El Aksa. David Koresh, que pasó un tiempo en Jerusalén, quizás sufriera del síndrome, pero en tal caso tuvo efecto retardado, porque sólo a su regreso a los Estados Unidos se proclamó mesías y fundó su secta en Waco, Texas.

Algunos pacientes se hacen adeptos de la medicina mágica, practican ritos religiosos propios, inventan oraciones personales o adoptan costumbres excéntricas. Un subgrupo interesante identificado por el siquiatra constaba de 42 personas, del total de los 470 examinados, que nunca habían tenido problema siquiátrico alguno. "De pronto algo me ocurrió" suelen decir esos turistas cuando inician su tratamiento sicoterápico.

A los cuatro o cinco días, los pacientes tratados en Kfar Shaúl responden al enfoque de retorno a la realidad que preconizan los siquiatras. "Me siento como un payaso", dicen algunos, avergonzados, y no logran explicar por qué les dió por sumergirse en un estanque en el parque o cantar aleluyas en plena noche encaramados en las murallas de la Ciudad Vieja. "Después no les gusta hablar de su experiencia", dice el Dr. Bar-El. Como seguimiento de su estudio, envió un cuestionario a sus ex pacientes del extranjero, pero las respuestas que recibió fueron pocas e imprecisas. "Ellos mismos no logran entender lo que les sucedió", explica. De los 42 que no tenían antecedentes siquiátricos, 40 eran protestantes de familias americanas medias, lectores de la Biblia estrictos y devotos. Habían interiorizado el Libro y tenían una visión idealizada de Jerusalén. El Dr. Bar-El cree que el choque al descubrir la Jerusalén real les provocó un reacción síquica, que les ayudó a integrar la ciudad real con la imaginaria. Consultó a varios dirigentes religiosos, católicos entre otros, para tratar de averiguar por qué los protestantes eran más propensos que los católicos al síndrome de Jerusalén.

"Encontré tres razones principales probables", dice el Dr. Bar-El. "Los protestantes dirigen sus preces a un Ser insondable y, en cambio, los católicos cuentan con la intercesión del sacerdote, un intermediario tangible". La segunda razón que halló es que en el protestantismo, Jesús es la figura religiosa suprema, en tanto que los católicos tienen también a la Virgen María y muchos santos, con quienes se pueden identificar. Por último, los protestantes, a diferencia de los católicos los cristianos orientales y los musulmanes, tienen muy poco éxtasis religioso incorporado en sus rituales, con escasas ocasiones de fervor espiritual, el cual parece ser un componente necesario de la experiencia religiosa. También el judaísmo, opina el siquiatra, brinda más ocasiones de experimentar fervor religioso, con la multitud de ritos, preceptos y costumbres que se deben cumplir según la tradición judía.

El Dr. Bar-El señala que el síndrome de Jerusalén es análogo al "síndrome de Florencia" identificado por los siquiatras italianos, que hace tiempo observaron una tendencia entre los turistas y visitantes de la ciudad a actuar de modo raro e irracional. Sin embargo, en Florencia, son las obras de arte y la belleza de la propia ciudad las que provocan, al parecer, la aparición del síndrome, más bien que la religión.

Otro siquiatra de Jerusalén, el Dr. Jordan Scher, afirma que muchos desequilibrados acuden a la Ciudad Santa en busca de la atmósfera espiritual especial que emana de ella, particularmente de la Ciudad Vieja. "Jerusalén está inavadida por mesías: los que vienen a encontrarlo, o a esperarlo, o los que quieren calmar la tormenta de su propia alma. Muchos jóvenes judíos buscan en las yeshivot (escuelas rabínicas) la forma de avivar sus impulsos religiosos. El Dr. Scher señala que, una vez aceptados, algunos son expulsados cuando se descubre que están desequilibrados; a otros se les niega la admisión desde un principio. Muchos de éstos acaban en el Muro, que convierten en su santuario. Allí cada uno desarrolla su propia forma de expresar esa inexplicable ebriedad de santidad.

Por ejemplo, ahí está Mótele, envuelto en blancos ropajes, y de enmarañada barba gris, que grita a un grupo de turistas: "¡Welcome America!" Mótele posee una voz estentórea: cuando canta una oración por las lluvias, con la cabeza echada hacia atrás y los brazos levantados al cielo, suena como toda una orquesta sinfónica. A veces, para más efecto, se sube al techo de la oficina del rabinato para vociferar una oración. Los incautos creen que es una voz celestial, y se sabe de alguno que ha hecho penitencia inmediata, durante media hora al menos.

Ahí está Guershón, brincando por la escalinata en uniforme completo de hippy de la era de Woodstock, y con solideo multicolor de Bujara. Con sus ojos azules agitados y su blanca barba revuelta, ofrece al mundo una imagen de Papá Noel en versión judía.

Un jasid de la secta Bratzlav, enjuto, ataviado de negro, va y viene en la oscuridad junto a las puertas, recitándose a sí mismo salmos y mesándose la rala barba morena, inmerso en su esfuerzo por llegar al éxtasis anhelado. Llega Yijia, el yemenita, que prefiere el atuendo de sus antepasados: turbante, chilaba larga y holgada, pero sucia, y ya sea verano o invierno, sandalias. Yijia solía acampar en las ruinas del hospicio alemán, justo encima del Muro, pero la policía lo expulsó. Yijia bendice; como otros reparten confites, él reparte bendiciones, a quien las quiere y a quien no. Con marcado acento yemenita, recita la bendición de Abraham, Isaac y Jacob sobre la cabeza gacha de los favorecidos, musitando rápido y seguido, hasta que descubre a alguien más necesitado de sus plegarias.

En lo alto de las escaleras, Amnón está alerta. Día y noche, verano e invierno, anda por la Ciudad Vieja, vestido de un terno gris, con corbata y sombrero. Horas está en pie, sin hacer nada, siempre a la vista del Monte del Templo. Estará esperando al Mesías? ¿O haciendo penitencia? Nadie sabe, nadie habla nunca con Amnón. Ahí está, sin más, centinela mudo en misión silenciosa que sólo él conoce.

Miriam, la chaparra de pelo envuelto en una pañoleta, llega al Muro a horas irregulares, unas veces empujando un cochecito de bebé, otras con uno o dos niñitos. Viene a fregar las losas, rogando a las mujeres en oración que se aparten, para que pueda seguir con la tarea imposible de lavar el suelo de la explanada con un trapo de cocina. Algunos visitantes creen que ese es su trabajo y sienten lástima por la pobre fregona que tiene que trabajar tan duro en plena noche.

Esos tipos pintorescos del Muro no se rigen por ley ni Escritura. Se sienten atraídos, como generaciones enteras antes de ellos, hacia el foco espiritual del universo, el centro de las tres religiones monoteístas. Algunos de ellos, con sus problemas, sus actitudes extremas y sus devociones esotéricas, pudieran caer presa de ese extraño, y en buena medida incomprendido, fenómeno del síndrome de Jerusalén.


Traducción: Shlomo Gitai



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